Y que yo me la lleve al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.

Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.

Sucia de besos y arena,
yo me la lleve del río.
Con el aire se batían las
espadas de los lirios.

Federico García Lorca, “La casada infiel” (fragmentos)