Maca se despertó de buen humor. Había soñado algo relacionado con Esther y, mientras desayunaba, sopesó la idea de hacer algún avance. No sabía aún muy bien cómo y dónde. Sintió un agradable hormigueo el día en que Esther le explicó que “se le daban fatal los hombres”, por eso bromeó con ella, diciéndole que, a lo mejor, una mujer la haría más feliz.
Esther le gustaba muchísimo. No se había sentido tan atraída por nadie desde la ruptura con Azucena, casi un año antes. Esther la hacía sentirse a gusto, tranquila, segura. Le hacía gracia que la llamara “pija”, que se riera de ella. Qué diferente era de sus antiguas amistades de Jerez! Con ella no tenía que fingir interés por las insulsas conversaciones sobre ropa y temporadas de esquí. Además, Esther era una colega de trabajo, podía entender perfectamente si estaba preocupada por un paciente o un diagnóstico.
 
Maca se arregló y maquilló un poco más de lo habitual, tal vez para sentirse un poco más segura de sí misma. Seguro que Esther le haría algún comentario al respecto, y eso la hizo sonreír.
 
La buscó con la mirada en el muelle del Central, pero no la vio. Teresa le dijo que Esther había llamado hacía una hora, había pasado una mala noche y no se sentía con fuerzas para venir a trabajar.
 
Qué decepción, pensó Maca. No sabía si llamarla al móvil o no, tal vez estuviera descansando. Finalmente, decidió mandarle un sms: “Dice Teresa que estás enferma. Necesitas algo? Puedo pasarme por tu casa a la hora de comer. Un beso, Maca”.
 
Una hora más tarde, recibió respuesta de Esther: “Perdona, tenía apagado el móvil. He pasado la noche con náuseas, tal vez sea gripe intestinal. Gracias por preguntar”.
 
Maca leyó el mensaje dos veces. Esther no le había pedido nada, pero tal vez necesitase un jarabe para la náusea.
 
A las dos y media, sonó el interfono de la casa de Esther.
 
– Sí?
– Esther, soy Maca. Te he traído un jarabe.
– En serio? Pasa, pasa…
 
Maca subió al tercer piso sin usar el ascensor. Estaba nerviosa, algo raro en ella.
 
– Hola, Maca.
– Hola, cómo estás?
– No sé, me siento rara… He tenido náuseas toda la noche.
– No estarás embarazada? Sonrió Maca, nerviosamente.
– Ja ja, eso sería un milagro! Pasa, no quieres sentarte? No tenías que haberte molestado, pero gracias por el jarabe, no tenía nada en casa. Ya se sabe, en casa del herrero…
– No te preocupes, he tardado dos minutos con la moto. Has comido algo que te ha sentado mal?
– No sé, creo que no. No he pegado ojo en toda la noche.
– Bueno, lo mejor es que hoy te lo tomes con calma y hagas un poco de dieta blanda.
– Ya… Esto… Maca?
– Sí?
– Gracias por preocuparte. Eres una amiga.
 
Maca la miró fijamente, la lengua se le había paralizado. Esther aguantó la mirada, intuyendo que Maca quería decirle algo.
 
– Qué pasa?
– Esther… yo… a mí me gustaría ser más que una amiga para ti.
– Ya… Esther la miró dulcemente, ruborizándose.
– Ya sé que éste no es el mejor momento para hablar de esto, pero…
– No te preocupes… Maca, mira… esto es nuevo para mí… cuando me dijiste lo de tu relación con Azucena, yo… no sé, me siento un poco confusa…
– Lo siento, no quiero presionarte. Yo… me siento muy bien a tu lado, me haces reír, eres muy dulce…
– De verdad piensas eso de mí?
– Claro…
 
Maca se acercó a Esther, besándola en la mejilla, lentamente. Con su mano derecha acarició levemente su cara. Esther permaneció inmóvil, sintiendo que toda la sangre de su cuerpo se había concentrado en la cabeza. Levantó timidamente la mano y acarició los largos cabellos de Maca. Permanecieron en esa posición unos segundos, hasta que Maca deslizó sus labios sobre los de Esther. Ambas se sintieron flotar. Maca le acarició la espalda sin dejar de besarla. El beso se hizo más profundo, Esther se sentía arder y, finalmente, se apartó.
 
– Estás bien?
– Sí… yo… nunca me había sentido así…
– No quiero hacerte daño, Esther.
– No me has entendido. Haces que me sienta tan bien…
 
Maca sonrió y la tomó de la mano.
 
– He de volver al hospital…
– Ya lo sé, es tardísimo.
– Podemos hablar más tarde.
– Sí…
– Esther…
– Ya lo sé, Maca. Yo siento lo mismo.