Esther cerró la puerta suavemente. Maca no la había vuelto a besar antes de marcharse, pero su mirada lo decía todo. Sonreía con los ojos, casi emocionada.
 
Volvió a la cama, la habitación iluminada por el sol de la tarde. Vaya facha, pensó, al verse reflejada en el espejo. Aún iba en pijama.
 
No tenía sueño. Se tomó una cucharada de jarabe pero, más que náusea, lo que sentía ahora eran mariposas en el estómago.
 
Intentó recordar el día que conoció a Maca. Todo empezó con mal pie, ese día le habían fallado dos enfermeras, esperaba a una nueva y estaba hasta arriba de trabajo. Metió la pata hasta el fondo cuando confundió a Maca con la nueva enfermera. Pensándolo bien ahora, no daba el tipo, parecía acostumbrada a dar órdenes.
 
Pasada la vergüenza por el patinazo, Esther sintió curiosidad por la recién llegada. Era atractiva, diferente. Y muy guapa. Esther siempre había sentido debilidad por cualquier tipo de belleza.
 
Gracias al curso de cocina que hicieron juntas, empezaron a frecuentarse dentro y fuera del hospital. A Esther la llenaba de orgullo estar a su lado, ver que más de uno se giraba al verla pasar. Sí, era un poco pija, lo cual le hacía pensar más de una vez porqué pasaba tanto tiempo con ella. A veces se hacía la misteriosa y prefería no hablar de sí misma, dejando que Esther llevase toda la conversación. Menos mal que Teresa le iba poniendo al día si se enteraba de algo relacionado con Maca.
 
Esther se preguntaba muchas veces qué le atraía de ella. Su elegancia innata, su seguridad aplastante, ese puntito borde que le hacía tanta gracia… Pero también la delicadeza y el cariño con que se entregaba a sus pequeños pacientes.
 
Maca la había besado! Esther no sentía el suelo bajo los pies. Intentó racionalizar la cosa. Ella, que había salido sólo con chicos, se sentía atraída por una mujer… Quizás era el momento de dar un cambio radical a su vida. Siempre había sido abierta de mente, más de una vez se había dicho a sí misma que aceptaría cualquier tipo de amor, viniera de quien viniera, hombre o mujer. Bueno, el momento había llegado, y Esther se sentía un poco al borde del precipicio, pero también muy feliz.
 
Un nuevo mensaje del móvil la hizo sobresaltarse. Era de Maca. Esther se sonrió y dejó pasar cinco segundos antes de leerlo. “Espero que estés mejor, y que no te haya incomodado lo del beso. Nos vemos mañana?”
 
“Mañana?” Quería verla YA! Pero suponía que Maca no quería forzarla a nada, dando tiempo al tiempo.
 
“Estoy mejor, gracias, pero no gracias al jarabe😀 Creo que mañana podré venir a trabajar. Un beso”. Esther volvió a sonreir mientras pensaba en Maca. Sí, tenía que volver al trabajo al día siguiente.
 
Maca estaba sola en el gabinete, acabando algunos informes. Leyó el mensaje de Esther, le encantó la broma del jarabe. Miró a través de la ventana, empezaba a oscurecer. Tenía ganas de verla. Cuál sería el siguiente paso a dar? No quería meter la pata con ella, y estaba nerviosa porque, como Azucena, Esther había compartido su vida sólo con hombres. Su antigua novia no tuvo nunca el coraje de dejar a su marido, hiriéndola profundamente. A Maca le gustaban las cosas claras, no era el tipo de persona de aventuras secretas y dobles vidas. Se había enfrentado a su propia familia con la bandera de la honestidad.

Esther llegó temprano al hospital. Teresa ya estaba allí y hablaron del día anterior.
 
– Ya me dijo Maca que ayer se pasó por tu casa.
– Sí, es un encanto. Me trajo un jarabe.
– En serio? Eso no me lo dijo. Parecía un poco ausente.
– Ah, sí?
– Sí. No tenía ganas de hablar. Eso, o es que no se quiere hacer con los pobres!
– Ja ja, qué tonterías dices! Si es muy maja…
– Quién es maja? Maca estaba detrás de Esther, con el casco en la mano. Sonrió divertida ante su cara de asombro.
– Esto… Cristina, la enfermera nueva.
– Ya veo… Te encuentras mejor?
– Sí, gracias. Esther no sabía muy bien qué decir, le molestaba la mirada curiosa de Teresa. Voy a cambiarme.
– Sí, yo también. Buenos días, Teresa.
– Hola, Maca. Un mensajero acaba de traerte un sobre y un juego de llaves. Te mudas de casa?
– No, son de una casita en la sierra, es de mis padres. Me apetecía volver por allí.
– Ya salió la niña pija, bromeó Esther, yéndose al vestuario de enfermeras. Oyó la risa de Maca detrás suyo.
 
A media mañana, Maca encontró a Esther preparándose una manzanilla en la cafetería.
 
– Vaya, ya veo que le das a las drogas duras!
– Ja ja! Sí, necesito un pelotazo para aguantar el día.
– Pues yo necesito un cambio de aires este fin de semana… Esther, te gustaría venir conmigo a la sierra?
– Pues… no sé…
– Es un sitio precioso, tranquilo. Puedo traer el coche el viernes por la tarde e irnos cuando acabemos el turno, qué me dices?
– Déjame que lo piense un rato, vale?
– Bueno… pero me harías muy feliz si vinieras. Es posible que nieve, aquéllo es precioso en invierno. Maca la miró fijamente, sonriendo.
– De acuerdo, vendré contigo. Pero de esquiar nada, que soy muy patosa.
– No te preocupes, me apetece estar al lado de la chimenea, charlar de nuestras cosas…
 
Ambas sonrieron abiertamente, sin dejar de mirarse. Esther sintió que le flaqueaban las piernas, así que fue un alivio que la llamaran a cortinas.