Llegaron a la casa una hora después. Estaba empezando a anochecer. Cogieron sus cosas y se dirigieron a la puerta.
– Qué casa más bonita!
– Sí, es pequeña, pero muy acogedora. Brrr, qué frío! Voy a encender la calefacción y luego buscaré leña para la chimenea. Hay tres dormitorios, escoge el que quieras.
– Vale, pero déjame ayudarte primero.
 
Pusieron todo en su lugar. Maca fue a buscar leña al sótano, mientras Esther curioseaba por las habitaciones.
– Me gusta la habitación de atrás, la que da al lago. Puedo?
– Pues claro! De hecho, es mi antigua habitación. Si hubiera luna llena, se vería reflejada en el agua. Cuando era pequeña, mi padre decía que la luna venía a bañarse en nuestro lago, sonaba muy mágico.
 
Esther sonrió, le gustaba conocer el otro lado de Maca, fuera del hospital.
 
Maca preparó la cena, pasta fresca comprada en una tienda italiana. Esther observó que no paraba ni un segundo, y se preguntó si estaría nerviosa por estar a solas con ella.
 
– Querrás vino para la cena? He comprado de varios tipos, no estaba muy segura. A mí me gusta el tinto con la pasta, pero…
– Me encanta el tinto. Marqués de Cáceres, qué lujo!
– Que no se entere mi padre, esos bodegueros riojanos son viejos rivales, pero a mí me encanta este vino, ja ja!
 
Comieron en la sala, hablando del hospital. Esther se sentía un poco cohibida y le costaba mirar a Maca a los ojos.
 
Tras la cena se sentaron en el sofá, delante de la chimenea. Había empezado a nevar. Esther notó el calor de las llamas en su rostro. Finalmente, Maca abordó el tema.
 
– Esther, yo quería hablar contigo de cómo me siento. He sido sincera contigo desde el principio, te conté lo de Azucena… Mira, ella está casada y no quería separarse… El caso es que yo acepté de mala gana las reglas de ese juego, pero lo que yo quería realmente era una vida junto a ella, una relación normal, no una vida a tres bandas. Ella no quería a su marido, pero tenía miedo de perder sus privilegios y a su hijo. Y, al final, ganó el marido y perdimos nosotras. Lo pasé muy mal durante meses.
 
Esther estaba a punto de decir algo cuando Maca prosiguió, esta vez mirándola a los ojos, más relajada:
 
– Debo de estar un poco loca. Me prometí no interesarme nunca más por una mujer hetero, para protegerme. Y mira por dónde, apareciste tú…
 
Esther sonrió, bajando la mirada.
– No he tenido una vida amorosa digna de ser recordada. Todos mis novios me han acabado dejando…
– Pues no lo entiendo, la verdad.
– Supongo que todos tenían miedo al compromiso. O a mis guisos!, rió Esther.
– Eso es lo que me encanta de ti, tu buen humor aun en situaciones serias.
– Maca, ya te dije que esto es nuevo para mí. Me da miedo lanzarme, pero… me haces sentir tan especial, tan importante. Nadie me ha hecho sentir nunca así.
 
Maca cogió la mano de Esther, acariciándola. Timidamente, Esther hizo lo mismo. Se miraron y sonrieron unos minutos. Puedo abrazarte?, preguntó Maca, acercándose a ella. Esther sintió la respiración de Maca en su cuello, tan cerca… Volvió a besarla en la mejilla, deslizándose hacia sus labios segundos después. Esta vez, Esther no se apartó, sino que se dio por completo a ese beso, descubriendo un mundo nuevo, más dulce, armonioso.
 
– Mi niña… Maca la miraba con ternura. Mi niña, repitió, besándola de nuevo y tumbándola suavemente en el sofá. Esther empezó a acariciarla, hundiendo los dedos en sus cabellos. Podía ver el rostro de Maca, semiiluminado por el fuego de la chimenea. Era hermosa, única.
 
– Ven. Maca se incorporó y la cogió de la mano.
La llevó a su habitación. La nieve había cesado y allí estaba la luna, en cuarto menguante, reflejándose en el agua. Maca volvió a abrazarla, a besarla. Quería compartir este momento contigo, dijo.
 
Se sentaron en la cama, sin dejar de besarse.
– Estás segura?,  preguntó Maca.
– Absolutamente, respondió Esther, empujándola suavemente. Todo tenía sentido, ansiaba estar con ella. La ayudó a quitarse el jersey de angora, riéndose porque el cuello era estrecho y no salía. Esther besó su cuello, su escote, sus brazos. Maca la dejaba hacer, maravillada por su iniciativa. Esther llevaba más ropa, no se acababa nunca.
– Cuántas camisetas llevas?
– Tres. Es por el frío!, rió Esther.
– No las vas a necesitar, cariño. La mirada maliciosa de Maca encendió a Esther, que volvió a besarla.
Se envolvieron bajo el edredón. Maca la besó por todo el cuerpo, mientras Esther sentía una profunda languidez. La timidez había desaparecido, quería dejarse amar por ella, sentirse única, nueva… 
 
Empezaba a amanecer. Aún estaban despiertas, abrazadas bajo el edredón, tan juntas que podían sentir ambos corazones latiendo al unísono. Observaron la salida del sol tras la montaña, que recordaba una silueta de mujer.
 
– Maca… esto es maravilloso. Este lugar, este amanecer, tú. Nunca me había sentido así, tan completa.
– Yo tampoco, cariño. Todo tiene sentido y tú… tú me haces muy feliz, Esther.
 
Se abrazaron estrechamente, mientras el sol iluminaba lentamente la habitación.