A Esther se le encogió el corazón cuando vio a Maca. Le habían puesto un collarín para las cervicales y una sonda. Tenía un hematoma en la barbilla, consecuencia del golpe.

– Ay pobrecita, dijo Teresa.
– Teresa, te importa dejarme a solas con Maca?
– Claro que no. Crees que debería avisar a sus padres?
– Pues no lo sé. Yo no me atrevo. Ni siquiera lo había pensado, la verdad.
– Bueno, supongo que Vilches querrá esperar para ver cómo evoluciona. Y tú, no tendrías que avisar a tu madre?
– Ahora la llamo, pero no le voy a decir nada de esto. Se pondría sólo nerviosa.
– Tú verás. Pero llámala, no te olvides.
– Puedes preguntar por la moto? Supongo que la policía habrá avisado a la grúa. Pregunta a los del Samur, quieres?
– Sí, claro.

Teresa salió de la habitación. Esther se levantó de la silla y se acercó a la cama, cogiendo la mano de Maca. No podía creer que les estuviera sucediendo esto.
– Cariño, soy yo. Me voy a quedar contigo hasta que te despiertes. Besó su mejilla y comprobó que la sonda estuviese bien puesta. Se sentó en el sofá y llamó a su madre.
– Hija, ya era hora! Te he estado llamando un montón de veces!
– Perdona mamá, es que he estado muy liada.
– Vas a venir a cenar hoy?
– No, no puedo… tengo otra guardia.
– Vaya, pensaba que estabas libre. Va todo bien?
– Sí, es que estoy cansada y me duele la cabeza.
– Procura descansar, eh? A ver si contratan a más enfermeras de una vez, no puedes seguir con tantas guardias!
– No te preocupes, estoy bien. Te llamo mañana, vale?
– Sí. Un beso, hija.
– Hasta luego, mami.

Esther se tumbó en el sofá, estaba agotada. Ojalá pudiera dormir un poco. Buscó en el bolsillo el analgésico que Cruz le había dado antes. Se lo tomó sin agua, intentando relajarse.

Un ruido la despertó. La habitación estaba a oscuras, excepto por una pequeña lámpara de emergencia. Cruz estaba auscultando a Maca.
– Qué pasa?
– Tranquila, sólo la estoy controlando. Vilches se ha ido a casa y me ha pedido que me pasara.
– No reacciona?
– Todavía no. Ha debido de sufrir un buen golpe.
– No podemos hacerle más pruebas?
– No hace falta, con el tac y las radiografías hemos descartado posibles patologías. Esther, tienes que comer algo. Vamos a la cafetería.
– No tengo hambre.
– Tonterías, vénte conmigo. Diez minutos.
– No, Cruz. No quiero dejarla sola.
– Está bien, te traigo un bocadillo y un zumo. Hace?
– Como quieras. Gracias.

Esther se sentó en la cama. Tocó el morado de la barbilla y, en ese momento, Maca movió ligeramente la cabeza.
– Maca, me oyes?
– S……. s….. sí…
– Tranquila, no te esfuerces. La cogió de la mano, sonriendo. Te vas a poner bien, mi amor.
Maca no respondió, pero apretó su mano.

Cruz entró poco después.
– Se está despertando!
– Estupendo, déjame ver. Cruz controló las pupilas y le tomó la tensión. Ya te dije que es muy fuerte.
– Sí, es un toro. Los ojos de Esther brillaban por la emoción.
– Pues hála, ya no tienes excusa para no comer. No quiero que te desmayes por el pasillo.

Tres horas después, oyó carraspear a Maca.
– Es…ther?
– Estoy aquí, dijo acercándose. Cómo estás?
– Qué ha pasado?
– Tuvimos un accidente con la moto. Un imbécil se saltó el semáforo.
– No me acuerdo. Estás bien?
– Tranquila, estoy perfectamente. Te diste un golpe en la cabeza, has estado inconsciente casi todo el día.
– Qué hora es?
– La una y media. De la noche.
– Y este collar?
– Tienes una contusión en las cervicales.
– Uf… tengo para días.
– Tranquila, sólo tienes que descansar.
– Te vas a quedar conmigo?
– Claro, tonta. Para eso soy enfermera, sonrió.
– Gracias, cariño. Estoy muy cansada.
– Descansa ahora. Ya ha pasado todo.
– No habréis llamado a mi familia, verdad?
– No. Quería esperar un poco. He hecho mal?
– No, menudo susto habrían tenido. No les gusta que vaya en moto.
– No ha sido culpa tuya. Intenta descansar ahora.
– Esther, me alegra de que estés bien. Justo ahora que…
– Estaba muy preocupada por ti, Maca… Te quiero. La besó en los labios.
– Yo también te quiero, Esther.