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– Que no, Vilches, que no. No quiero la baja y punto.
– Oye, soy tu médico y harás lo que te ordene.
– Estoy bien, puedo trabajar. No quiero quedarme en casa.
– Mira que eres cabezota. Esther, házla entrar en razón. No quiero verla en Urgencias en una semana.

Vilches salió de la habitación gruñendo. Esther sonrió y se acercó a la cama, sentándose al lado de Maca.

– Ya lo has oído, nada de trabajar.
– Pues yo sola en casa no quiero estar. Prefiero venir a trabajar, aunque sea gratis.
– No estás en condiciones, Maca. Has de llevar el collarín y hacer que esa inflamación baje por completo.
– Pero si no es nada… Cómo va tu rodilla, cariño?
– Mejor… Menuda pareja: tú con tu cuello y yo, coja! Vénte a mi casa unos días, así puedo cuidarte.
– Que no, Esther. Estoy bien.
– Va, no te hagas de rogar.
– Sí, así le damos argumentos a los que dicen que las lesbianas se van a vivir juntas una semana después de conocerse.
– Oye, que yo no soy lesbiana!
– Ah, no?
– No, soy una mujer que se ha enamorado de otra mujer, eso es todo.
– Es así como se lo vas a decir a la gente?
– Ya veremos. Anda, vénte a mi casa. Podré cuidarte y será más fácil decírselo a mi madre.
– Se lo vas a decir?
– Claro, quiero que lo sepa, aunque aún no sé cómo.
– Y crees que será más fácil teniéndome en tu casa?
– Bueno, tendré que explicarle lo del accidente. Seguro que se pasará por casa y ésa es una buena excusa para que os conozcáis, no?
– No sé… yo, es que para estas cosas, soy muy tímida. Y si no le gusto?
– Primero tendrá que hacerse a la idea de que tengo noviA y no noviO, así que no te preocupes. Cada cosa a su tiempo. Voy a buscar tu baja y yo me cojo un día de permiso, así podemos hacerlo todo con calma.
– Mimitos incluidos?, bromeó Maca.
– Claro, tontita.

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A Esther se le encogió el corazón cuando vio a Maca. Le habían puesto un collarín para las cervicales y una sonda. Tenía un hematoma en la barbilla, consecuencia del golpe.

– Ay pobrecita, dijo Teresa.
– Teresa, te importa dejarme a solas con Maca?
– Claro que no. Crees que debería avisar a sus padres?
– Pues no lo sé. Yo no me atrevo. Ni siquiera lo había pensado, la verdad.
– Bueno, supongo que Vilches querrá esperar para ver cómo evoluciona. Y tú, no tendrías que avisar a tu madre?
– Ahora la llamo, pero no le voy a decir nada de esto. Se pondría sólo nerviosa.
– Tú verás. Pero llámala, no te olvides.
– Puedes preguntar por la moto? Supongo que la policía habrá avisado a la grúa. Pregunta a los del Samur, quieres?
– Sí, claro.

Teresa salió de la habitación. Esther se levantó de la silla y se acercó a la cama, cogiendo la mano de Maca. No podía creer que les estuviera sucediendo esto.
– Cariño, soy yo. Me voy a quedar contigo hasta que te despiertes. Besó su mejilla y comprobó que la sonda estuviese bien puesta. Se sentó en el sofá y llamó a su madre.
– Hija, ya era hora! Te he estado llamando un montón de veces!
– Perdona mamá, es que he estado muy liada.
– Vas a venir a cenar hoy?
– No, no puedo… tengo otra guardia.
– Vaya, pensaba que estabas libre. Va todo bien?
– Sí, es que estoy cansada y me duele la cabeza.
– Procura descansar, eh? A ver si contratan a más enfermeras de una vez, no puedes seguir con tantas guardias!
– No te preocupes, estoy bien. Te llamo mañana, vale?
– Sí. Un beso, hija.
– Hasta luego, mami.

Esther se tumbó en el sofá, estaba agotada. Ojalá pudiera dormir un poco. Buscó en el bolsillo el analgésico que Cruz le había dado antes. Se lo tomó sin agua, intentando relajarse.

Un ruido la despertó. La habitación estaba a oscuras, excepto por una pequeña lámpara de emergencia. Cruz estaba auscultando a Maca.
– Qué pasa?
– Tranquila, sólo la estoy controlando. Vilches se ha ido a casa y me ha pedido que me pasara.
– No reacciona?
– Todavía no. Ha debido de sufrir un buen golpe.
– No podemos hacerle más pruebas?
– No hace falta, con el tac y las radiografías hemos descartado posibles patologías. Esther, tienes que comer algo. Vamos a la cafetería.
– No tengo hambre.
– Tonterías, vénte conmigo. Diez minutos.
– No, Cruz. No quiero dejarla sola.
– Está bien, te traigo un bocadillo y un zumo. Hace?
– Como quieras. Gracias.

Esther se sentó en la cama. Tocó el morado de la barbilla y, en ese momento, Maca movió ligeramente la cabeza.
– Maca, me oyes?
– S……. s….. sí…
– Tranquila, no te esfuerces. La cogió de la mano, sonriendo. Te vas a poner bien, mi amor.
Maca no respondió, pero apretó su mano.

Cruz entró poco después.
– Se está despertando!
– Estupendo, déjame ver. Cruz controló las pupilas y le tomó la tensión. Ya te dije que es muy fuerte.
– Sí, es un toro. Los ojos de Esther brillaban por la emoción.
– Pues hála, ya no tienes excusa para no comer. No quiero que te desmayes por el pasillo.

Tres horas después, oyó carraspear a Maca.
– Es…ther?
– Estoy aquí, dijo acercándose. Cómo estás?
– Qué ha pasado?
– Tuvimos un accidente con la moto. Un imbécil se saltó el semáforo.
– No me acuerdo. Estás bien?
– Tranquila, estoy perfectamente. Te diste un golpe en la cabeza, has estado inconsciente casi todo el día.
– Qué hora es?
– La una y media. De la noche.
– Y este collar?
– Tienes una contusión en las cervicales.
– Uf… tengo para días.
– Tranquila, sólo tienes que descansar.
– Te vas a quedar conmigo?
– Claro, tonta. Para eso soy enfermera, sonrió.
– Gracias, cariño. Estoy muy cansada.
– Descansa ahora. Ya ha pasado todo.
– No habréis llamado a mi familia, verdad?
– No. Quería esperar un poco. He hecho mal?
– No, menudo susto habrían tenido. No les gusta que vaya en moto.
– No ha sido culpa tuya. Intenta descansar ahora.
– Esther, me alegra de que estés bien. Justo ahora que…
– Estaba muy preocupada por ti, Maca… Te quiero. La besó en los labios.
– Yo también te quiero, Esther.

Esther se despertó muy temprano. Pudo oír la respiración pausada de Maca a su lado. Sonrió para sí y se giró hacia ella, apartándole con cuidado los mechones que le tapaban el rostro. Qué bonita era.

Hablaría con Teresa hoy mismo. Estaba decidida a seguir con Maca. Pensó en su madre. Cómo se lo tomaría? Seguro que como Teresa, o peor.

Sentía una ternura infinita por Maca. Era más vulnerable de lo que pensaba. Y el anillo? Un símbolo de unión, una demostración de que, para Maca, aquéllo era importante.

Miró su rostro relajado, de niña pequeña. Te quiero, le susurró.

Permaneció despierta hasta que oyó el despertador.
– Buenos días…
– Mmmmm… Quién eres tú?, bromeó Maca.
– La asistenta, no te acuerdas?
– Claro… Puedes servirme el desayuno?
– Ahora mismo, señora. Esther hizo ademán de levantarse, pero Maca la cogió por la cintura y la atrajo hacia sí.
– De eso nada. Ven aquí y salúdame como es debido. Maca la besó profundamente, acariciando el vientre cálido de Esther. Un día de éstos te voy a comer enterita, dijo sonriendo.
– Pues bueno, pero que sepas que dentro de una hora hemos de estar en el hospital.
– Uf, qué pocas ganas… me quedaría en casa todo el día.
– Sí, para alegría de Vilches y de Teresa, bromeó Esther.
– Vaaaale, me levanto y preparo café. Te duchas tú primero?

Desayunaron y fueron a buscar la moto.
– Uf, qué tarde es.
– Tranquila, en diez minutos estamos allí.
– No corras.
– No sufras. Estás lista?

Estaban casi llegando al hospital cuando un coche se saltó un semáforo y las embistió. Las dos cayeron al suelo, en direcciones opuestas. El conductor frenó y varias personas se acercaron para ayudar a Esther. Le sangraba una rodilla pero estaba bien, tan solo un poco confusa. Le temblaban las piernas. Dónde estaba Maca?

La encontraron debajo de la moto, inconsciente. Dos hombres levantaron la moto. Esther gritó su nombre. No quiso quitarle el casco. Una ambulancia!!!!, gritó.

La ambulancia del Samur y la policía llegaron diez minutos después. Esther no podía dejar de llorar, impotente. Sus compañeros inmovilizaron a Maca y la subieron a la ambulancia. Tranquila Esther, le dijo Silvia.

En el muelle del hospital, Vilches esperaba impaciente. Les habían avisado de su llegada. Teresa estaba a su lado, sin abrir boca. Estaba muy nerviosa.

La ambulancia llegó y llevaron a Maca a uno de los boxes. Teresa ayudó a bajar a Esther, le dolía mucho la rodilla.
– Esther, cariño, déjame que te ayude.
– Estoy bien, quiero ir al box.
– Te tienen que ver esta rodilla, estás cojeando.
– Luego, luego. Quiero estar con Maca.

Cruz llegó corriendo.
– Me acaban de avisar. Estabas con Maca?
– Sí, hemos venido juntas. Está inconsciente, lloró.
– Ahora mismo le haremos un tac. Déjame que vea esta rodilla.
– Luego, quiero ver a Maca.
– No estás en condiciones de entrar en el box. Siéntate en la silla y te llevo a hacer una radiografía ahora mismo.

Cruz la llevó al ascensor. Esther no dejaba de llorar. Un colega les dijo que las llamarían lo antes posible.
– Tranquila, ya verás que todo se queda en un susto. Maca es muy fuerte.
– Cruz… estoy muy asustada. Justo ahora que…
– Ya lo sé, bonita. Maca me lo dijo ayer. Y que quería comprar algo especial para San Valentín.
– Anoche me regaló este anillo. No quería esperar al domingo… Su voz se quebró.
– En cuanto te hagan la radiografía, te hago la cura y volvemos al box, vale? Cruz le dio un beso en la mejilla.

Casi una hora después, volvieron a Urgencias. El box estaba vacío.
– Dónde está Maca?
– La han subido para que le hagan un tac. Vilches está con ella, respondió Teresa. Cómo estás, Esther?
– No tiene nada roto, es sólo el golpe. Me la llevo a la sala de curas.
Esther permaneció en silencio, pensativa.
– Quieres que llame a tu madre?, preguntó Teresa.
– No, ya la llamaré más tarde.
– Esther, yo… lo siento.
– No te preocupes. Házme un favor y llama a una sustituta. Yo no puedo trabajar hoy.
– Claro, ahora mismo miro quien está libre.

Dos larguísimas horas después, Vilches les informó.
– Sigue inconsciente, pero no he detectado nada extraño. Una contusión en las cervicales, tal vez se golpeó con un bordillo. Respira autónomamente. Voy a ingresarla, tenemos que esperar a que se despierte. Tú estás bien?
– Sí, pero no voy a trabajar. Quiero estar con Maca.
– Quédate aquí y te aviso cuando esté hecho el ingreso, así puedes quedarte con ella. No sabía que fuérais amigas.
– Es algo más que eso, dijo Cruz, empujando a Vilches a la puerta. Dáte prisa.

Teresa entró con una taza en la mano. Te he preparado una tila doble, le dijo en voz baja.
– Gracias. Estoy muy cansada.
– Y Maca?
– La van a ingresar, aún está inconsciente. Esther empezó a llorar de nuevo.
– No llores, ya verás que todo irá bien.
– Si le pasa algo, yo…
– No seas negativa. Maca se pondrá bien y seréis felices, ya lo verás.
– Ya no estás enfadada?
– Anoche no pude dormir, me excedí con vosotras dos. Os debo una disculpa. No soy nadie para juzgar a los demás. Lo siento mucho, de verdad.
– Has de entender que Maca significa mucho para mí.
– Ahora me doy cuenta. Supongo que soy muy vieja para algunas cosas, pero me acostumbraré.
– Gracias, Teresa. Necesito todo tu apoyo.

Vilches asomó la cabeza.
– Vamos a llevar a Maca a la primera planta, habitación 106. También hay un sofá, así podrás descansar. Guiñó un ojo y se fue sin esperar respuesta.

– Anda, vamos. Teresa empujó la silla de ruedas. Vamos a ver a Maca.

Maca invitó a cenar a Esther en su casa esa noche. Llamó a un servicio de catering, no tenía ganas de cocinar. Estaba preparando la mesa cuando Esther sonó al timbre.
– Hola!
– Hola cariño, dijo Maca, besándola. Y esos tulipanes?
– Los encontré abajo, en una papelera, bromeó Esther.
– Ah, pues nada, los tiro ahora mismo, ja ja!
– Qué bien huele!
– Sí, en cinco minutos está todo listo. Pónte cómoda.

Esther curioseó por la sala, notando cada detalle. Maca tenía muchos libros, algunos de ellos en inglés.
– Menuda biblioteca!
– Sí, me encanta leer.
– Y todos éstos en inglés?
– Libros que no se encuentran por aquí. Ya sabes, de “ese” tema, bromeó. Me estuve informando mucho antes de salir.
– Salir adónde?
– No “adónde”, sino “de dónde”. De dónde va a ser, Esther? Del armario!
– Ja ja, qué tonta soy!
– Ven aquí, tontita mía, que la cena ya está lista.

Tras la cena, se sentaron en el sofá.
– Tengo una cosita para ti.
– Qué es?
– Ten, ábrelo. Maca le dio un pequeño paquete. Dentro había dos anillos de plata, esmaltados en azul y verde.
– Qué bonitos!!!
– Te gustan? Había pensado en uno para cada una…
– No sé qué decir…
– No significan nada especial… bueno, sí. Ya sabes qué día es el domingo, no? Quería compartir algo contigo. Pero no estás obligada…
– Me encantan, Maca. Y por qué ahora y no el domingo?
– Soy muy impaciente, dijo sonriendo. Los ojos le brillaban.
– Puedo probármelo?
– Claro! Espero que sea de la medida justa. No estaba muy segura.
– Me va perfecto.
– Estupendo. El mío también.
– Muchas gracias… Nadie me había regalado un anillo antes. Es precioso!
– Y un besito?
– Todos los que quieras… Somos novias formales? Rió.
– Superformales, ja ja ja! La cara que pondrá Teresa cuando los vea…
– Uf, no me lo recuerdes, tengo pendiente una charla con ella.
– Olvídate de eso ahora. Ven aquí, voy a enseñarte una habitación que no has visto aún…
– Así? Sin hacer la digestión ni nada?, bromeó Esther.
– No te va a hacer falta, sonrió Maca, llevándola de la mano al dormitorio.

– Esther, vamos a comer?
– Sí, acabo en 20 minutos. Me esperas?
– Claro. Estaré en la sala.
 
Teresa siguió la conversación sin levantar la vista. Esperó cinco minutos y se dirigió a la sala. Maca estaba sola, repasando unos informes.
– Te parece normal lo que estás haciendo?
– A qué te refieres, Teresa?
– A lo tuyo con Esther.
– Oye Teresa, te importaría no meterte en la vida de los demás, especialmente la mía? Maca empezaba a enfadarse.
– Mira, yo conozco muy bien a Esther. Jamás se liaría con una mujer. Si lo sabré yo, he sido su paño de lágrimas cada vez que uno de sus novios la dejaba. No quiero que sufra más, y menos por tu culpa.
– Cálmate, por favor. No hacemos nada malo.
– Nada malo? Espera a que se entere todo el mundo! Os pondrán de patitas en la calle, ya lo verás!
– Teresa, voy a dar por terminada esta conversación ahora mismo. Si Esther quiere estar conmigo, lo estará.
 
Maca salió enojada de la sala, justo antes de que Esther abriera la puerta.
– Pero qué pasa?
– Anda, vámonos a comer y cambiar de aires.
 
Fueron a un pequeño restaurante, cerca del hospital.
– Me vas a contar lo que pasa?
– Nada importante. Qué quieres comer, cariño?
– No cambies de tema. Se te nota en la cara que estás enfadada. Qué hacía Teresa en la sala?
– Me ha echado una bronca increíble. No tenías que haberle dicho nada.
– Vaya…
– Lo entendería si fuera tu madre, pero… Ojalá nos hubiésemos quedado en la sierra, la verdad. Me ha amargado el día… Esther, tú quieres seguir conmigo?
– Pero qué tonterías dices, claro que sí! Esther la cogió de la mano. Me encanta estar contigo.
– Sólo quería estar segura, sonrió Maca. Lo demás me trae sin cuidado. Lo siento, es que esta bronca me ha recordado la que tuve con mis padres.
– Seguro que fue muy duro para ti.
Maca bajó la mirada, un mechón de pelo le cubrió el ojo izquierdo.
– Pasé de ser el ojito derecho de papá a ser la oveja negra de la familia…
– Lo siento.
– Por eso me fui de Jerez, quería alejarme de aquel ambiente asfixiante.
– Lo comprendo. Yo sólo tengo a mi madre, pero no querría tenerla en mi contra. Echa mucho de menos a mi padre y lo único que quiere es que siente la cabeza, me busque un novio y me case.
– Me la has de presentar un día, así le haré cambiar de idea, bromeó Maca.
 
Volvieron al hospital. Teresa estaba al teléfono y no las miró. Esther decidió que hablaría con ella lo antes posible.

Esther llegó bostezando al hospital. La recepción estaba desierta. Firmaba la entrada cuando llegó Teresa, café en mano.
– Buenos días, Esther.
– Hola, Teresa. Qué frío hace!

Esther le cogió el café y se bebió la mitad.
– Pero, qué haces?
– Perdona, ahora te traigo otro. Es que no me aguanto…
– Cómo fue el fin de semana? Estuvísteis solas o Maca invitó a sus amigos pijos? A ver si te encuentra un novio rico que te retire!
– Mira, Teresa… He de decirte algo.
– Qué?
– Aquí no… Vénte cinco minutos al vestuario, te lo digo mientras me cambio.
– Huy, cuánto misterio! Bueno, ahora vengo.

El vestuario estaba vacío. Esther se cambió rápidamente de ropa.

– Bueno, ya estoy aquí. Qué es eso tan importante que tienes que decirme?
– Ven, siéntate… Verás, todo fue muy bien en la sierra… Maca y yo…
– Ya! Ligásteis, a que sí? Dijo Teresa, dándose una palmada en el muslo. Lo imaginaba. Y con quién?
– Con nadie, Teresa… quiero decir… Maca y yo estamos juntas.

Teresa se quedó muda. Miraba a Esther sin salir de su asombro.
– Qué me estás diciendo, Esther?
– Ya sé que suena raro, pero es cierto.
– Pero Esther… cómo es posible?
– Mira, Teresa… a Maca le gustan las mujeres. Se fijó en mí, Dios sabe porqué, y yo… yo también.
– Esther, tú no estás bien. Ya sé que has pasado una mala racha y que tu novio se lió con otra, pero de ahí a cambiar de acera!!!
– Teresa, a ver si lo entiendes… Maca es lo mejor que me ha pasado en la vida. Házte a la idea.
– Mira, haz lo que quieras, pero creo que vas por mal camino. Teresa salió del vestuario dando un portazo.

Esther se quedó pensativa. Quería mucho a Teresa y necesitaba su aprobación. Se preguntó si podría afrontar otras opiniones negativas de la gente que le importaba.

Teresa no entendía nada. Esther y Maca, juntas? Se le ponían los pelos de punta. Qué diría la gente del hospital? Porque tarde o temprano, todos se enterarían.

Maca llegó en aquel momento, luciendo su mejor sonrisa.
– Muy buenos días, Teresa.
– Lo serán para ti, respondió sin mirarla.
– Qué pasa?
– Nada, cosas mías.
– Bueno, voy para adentro. Ha llegado Esther?
– No tengo ni idea.
– Ah… bueno, ya la buscaré.

Maca fue a la cafetería, Esther se estaba sirviendo un café.
– Hola cariño, le susurró Maca al oído.

Esther dio un respingo, no la había visto llegar.
– Hola, Maca. Le costaba sonreír.
– Pasa algo?
– No… bueno, sí.
– Me lo vas a decir? Te pasa algo conmigo? Maca empezaba a ponerse nerviosa.
– No, no… Es que, mira… he llegado tan contenta, y Teresa me ha preguntado sobre el fin de semana. Yo… yo le he contado todo, y se ha puesto hecha una furia…
– Ya… bueno, es normal que reaccione así. Te conoce desde hace muchos años. Dále tiempo.
– Es que… me preocupa que todo el mundo reaccione de esta manera.
– Bueno, la gente es libre de pensar lo que quiera. Pero lo importante es que tú estés segura de lo que quieres. No podemos borrar de un plumazo los prejuicios de la gente.
– Tienes razón… lo que pasa es que he llegado tan ilusionada… Pensaba que se alegraría por mí.
– Mira, mis padres tampoco dan saltos de alegría, y menos aún desde lo de la famosa boda. Pero no me arrepiento, yo no quería llevar una vida falsa sólo para acontentar a los demás.
– Tú eres más fuerte que yo, más segura de ti misma.
– Te equivocas, yo tengo miedo como todo el mundo. Pero no me paralizo, saco fuerzas y sigo adelante. No se puede vivir con miedo, Esther.
– Ya… en fin, ya se me pasará.
– Cuenta conmigo para lo que sea. Eh, bonita? Maca sonrió, apretó el brazo de Esther y se fue a Pediatría.

Maca perdió la sonrisa en cuanto dejó la cafetería. No quería preocuparse en exceso, pero… y si Esther se volvía atrás?

Esther se despertó, la luz del mediodía inundaba la habitación. Le costó reconocer el lugar durante unos segundos. Alargó la mano buscando a Maca, pero no estaba allí. La llamó, sin obtener respuesta. Oyó ruido en el otro extremo de la casa, se puso el pijama y se dirigió a la cocina.
– Qué haces?
– Hola, bella durmiente. Quería llevarte el desayuno a la cama, me has chafado la sorpresa. Maca le dio un beso rápido, estaba sirviendo el café en dos tazas.
– Huy, qué bien. Desayuno? Qué hora es?
– Bueno, son casi las cuatro. Más que un desayuno, es un brunch.
– Brunch? Acuérdate que soy de pueblo, ja ja!
– Pues hala pueblerina, vuelve a la cama, que yo llego en un minuto.
– A la orden!
 
Esther volvió a la cama, se sentía de muy buen humor.
– Qué hambre!
– Sí, hemos de reponer fuerzas.
 
Esther se sonrojó, recordando la noche anterior.
– Qué te apetece hacer después?, preguntó Maca. No nos quedan muchas horas de luz. Lo digo por si quieres dar un paseo…
– Bueno… sí, la verdad es que me gustaría que me enseñaras el lago.
– Vale. Comemos y vamos a dar un paseo. Maca volvió a besarla. Esther le devolvió el beso, sintiendo otro tipo de hambre.
– Claro que, si no vamos hoy, podemos ir mañana…
– Esther, me sorprendes!, bromeó Maca.
– Tal vez puedas enseñarme otras cosas… No sé si anoche estuve a la altura…
– Cariño, estuviste MUY a la altura, pero hemos de aprender a saber lo que la otra quiere, dijo Maca en voz baja, mientras mordisqueaba su oreja. Besó su cuello y cubrió sus senos con ambas manos, acariciándolos. Esther sintió calor en su vientre, Maca la encendía como nadie y le encantaba que lo hiciese lentamente.

Mientras la besaba, empezó a acariciar su pubis. Esther empezó a respirar entrecortadamente y entreabrió sus piernas. Los dedos de Maca se movían ágiles, presionando y liberando su presa. Esther quiso corresponder a sus caricias y se puso de lado, acariciando a su vez los senos de Maca. Quiso imitarla, pero Maca le susurró “luego”, mientras la acariciaba íntimamente. Esther empezó a mover sus caderas, cerró los ojos con fuerza mientras una oleada de placer la invadía. Se dejó llevar por ella mientras susurraba el nombre de Maca, quien la abrazó hasta que recobró el aliento. Estuvieron un rato en silencio, los labios de Maca apoyados en la frente de Esther.
– Maca, nadie me ha hecho sentir así jamás. Es como empezar de cero…
– Es el mejor cumplido que he recibido. Me gusta hacerte feliz, Esther.
– Yo también quiero hacerte feliz…

Esther imitó los movimientos que acababa de aprender. Apretó los senos de Maca mientras la besaba. Ésta se giró y Esther besó y acarició su espalda, sus nalgas. Con la mano izquierda comenzó a acariciar su vientre, bajando al pubis. Maca gemía suavemente y empezó a mover sus caderas lentamente. Tomó la mano de Esther y la guió con destreza. Esther notó su humedad y siguió acariciándola, presionando cada vez más. Maca siguió moviéndose, gimió y enarcó la espalda, relajándose a continuación.
– Qué maravilla… murmuró Maca.
– En serio te ha gustado?
– Tienes un talento natural, Esther. No puedo creer que no hayas estado antes con una mujer, bromeó Maca.
Esther se rió bajito, abrazándola.
 
Decidieron quedarse en casa, estaba nevando de nuevo. Cenaron y Maca propuso ver “Media hora más contigo”, se había traído el dvd de casa.
– De qué va?, preguntó Esther mientras miraba la carátula.
– Es la historia de una profesora que va a Reno para divorciarse. Se aloja en un rancho y acaba enamorándose de la hijastra de la mujer del rancho. Es una de mis películas favoritas, un clásico del género.
– Ya veo que lo tenías todo organizado, bromeó Esther.
– Quién, yo? Por quién me tomas?, sonrió Maca. Además, es una peli romántica. Como me dijiste que has visto “Pretty Woman” 15 veces…
– Sí, lo admito, soy una romanticona, ja ja!
– Una princesita, eso eres tú! Y yo la rana, ja ja!
– Pues ven aquí, que te dé un beso…
 
El domingo lo pasaron paseando por el lago. Hacía sol y la vista era magnífica. Se cruzaron con otras parejas y varios niños que jugaban en la nieve. Iban cogidas de la mano, y Esther no podía evitar mirar de reojo a quien se cruzaba con ellas.
– Te molesta que te coja de la mano en público?
– No… no es eso, es que me da un poco de reparo por los demás.
– Tonterías, Esther. No hacemos nada malo… te avergüenzas de estar conmigo?
– Claro que no! Sólo he de acostumbrarme…
– Más te vale, Esther. Ahora que te he encontrado, no te pienso soltar, bromeó Maca.
 
Volvieron a Madrid esa tarde. Maca acompañó a Esther a casa.
– No quieres subir?
– Dame una tregua, cariño. Me duele todo el cuerpo, rió Maca. Además, tú empiezas muy temprano mañana, tienes que dormir.
– Pues sí… Maca, gracias por todo, ha sido inolvidable.
– Espero que sea el primero de muchos días contigo…
– Yo también.
Se besaron en el coche y Esther subió a casa. Maca esperó a que entrara en el portal. Buenas noches mi amor, murmuró. Volvió a casa, recordando cada minuto. Macarena Fernández Wilson, te estás enamorando, se dijo a sí misma, sonriendo.

Llegaron a la casa una hora después. Estaba empezando a anochecer. Cogieron sus cosas y se dirigieron a la puerta.
– Qué casa más bonita!
– Sí, es pequeña, pero muy acogedora. Brrr, qué frío! Voy a encender la calefacción y luego buscaré leña para la chimenea. Hay tres dormitorios, escoge el que quieras.
– Vale, pero déjame ayudarte primero.
 
Pusieron todo en su lugar. Maca fue a buscar leña al sótano, mientras Esther curioseaba por las habitaciones.
– Me gusta la habitación de atrás, la que da al lago. Puedo?
– Pues claro! De hecho, es mi antigua habitación. Si hubiera luna llena, se vería reflejada en el agua. Cuando era pequeña, mi padre decía que la luna venía a bañarse en nuestro lago, sonaba muy mágico.
 
Esther sonrió, le gustaba conocer el otro lado de Maca, fuera del hospital.
 
Maca preparó la cena, pasta fresca comprada en una tienda italiana. Esther observó que no paraba ni un segundo, y se preguntó si estaría nerviosa por estar a solas con ella.
 
– Querrás vino para la cena? He comprado de varios tipos, no estaba muy segura. A mí me gusta el tinto con la pasta, pero…
– Me encanta el tinto. Marqués de Cáceres, qué lujo!
– Que no se entere mi padre, esos bodegueros riojanos son viejos rivales, pero a mí me encanta este vino, ja ja!
 
Comieron en la sala, hablando del hospital. Esther se sentía un poco cohibida y le costaba mirar a Maca a los ojos.
 
Tras la cena se sentaron en el sofá, delante de la chimenea. Había empezado a nevar. Esther notó el calor de las llamas en su rostro. Finalmente, Maca abordó el tema.
 
– Esther, yo quería hablar contigo de cómo me siento. He sido sincera contigo desde el principio, te conté lo de Azucena… Mira, ella está casada y no quería separarse… El caso es que yo acepté de mala gana las reglas de ese juego, pero lo que yo quería realmente era una vida junto a ella, una relación normal, no una vida a tres bandas. Ella no quería a su marido, pero tenía miedo de perder sus privilegios y a su hijo. Y, al final, ganó el marido y perdimos nosotras. Lo pasé muy mal durante meses.
 
Esther estaba a punto de decir algo cuando Maca prosiguió, esta vez mirándola a los ojos, más relajada:
 
– Debo de estar un poco loca. Me prometí no interesarme nunca más por una mujer hetero, para protegerme. Y mira por dónde, apareciste tú…
 
Esther sonrió, bajando la mirada.
– No he tenido una vida amorosa digna de ser recordada. Todos mis novios me han acabado dejando…
– Pues no lo entiendo, la verdad.
– Supongo que todos tenían miedo al compromiso. O a mis guisos!, rió Esther.
– Eso es lo que me encanta de ti, tu buen humor aun en situaciones serias.
– Maca, ya te dije que esto es nuevo para mí. Me da miedo lanzarme, pero… me haces sentir tan especial, tan importante. Nadie me ha hecho sentir nunca así.
 
Maca cogió la mano de Esther, acariciándola. Timidamente, Esther hizo lo mismo. Se miraron y sonrieron unos minutos. Puedo abrazarte?, preguntó Maca, acercándose a ella. Esther sintió la respiración de Maca en su cuello, tan cerca… Volvió a besarla en la mejilla, deslizándose hacia sus labios segundos después. Esta vez, Esther no se apartó, sino que se dio por completo a ese beso, descubriendo un mundo nuevo, más dulce, armonioso.
 
– Mi niña… Maca la miraba con ternura. Mi niña, repitió, besándola de nuevo y tumbándola suavemente en el sofá. Esther empezó a acariciarla, hundiendo los dedos en sus cabellos. Podía ver el rostro de Maca, semiiluminado por el fuego de la chimenea. Era hermosa, única.
 
– Ven. Maca se incorporó y la cogió de la mano.
La llevó a su habitación. La nieve había cesado y allí estaba la luna, en cuarto menguante, reflejándose en el agua. Maca volvió a abrazarla, a besarla. Quería compartir este momento contigo, dijo.
 
Se sentaron en la cama, sin dejar de besarse.
– Estás segura?,  preguntó Maca.
– Absolutamente, respondió Esther, empujándola suavemente. Todo tenía sentido, ansiaba estar con ella. La ayudó a quitarse el jersey de angora, riéndose porque el cuello era estrecho y no salía. Esther besó su cuello, su escote, sus brazos. Maca la dejaba hacer, maravillada por su iniciativa. Esther llevaba más ropa, no se acababa nunca.
– Cuántas camisetas llevas?
– Tres. Es por el frío!, rió Esther.
– No las vas a necesitar, cariño. La mirada maliciosa de Maca encendió a Esther, que volvió a besarla.
Se envolvieron bajo el edredón. Maca la besó por todo el cuerpo, mientras Esther sentía una profunda languidez. La timidez había desaparecido, quería dejarse amar por ella, sentirse única, nueva… 
 
Empezaba a amanecer. Aún estaban despiertas, abrazadas bajo el edredón, tan juntas que podían sentir ambos corazones latiendo al unísono. Observaron la salida del sol tras la montaña, que recordaba una silueta de mujer.
 
– Maca… esto es maravilloso. Este lugar, este amanecer, tú. Nunca me había sentido así, tan completa.
– Yo tampoco, cariño. Todo tiene sentido y tú… tú me haces muy feliz, Esther.
 
Se abrazaron estrechamente, mientras el sol iluminaba lentamente la habitación.

El turno del viernes no se acababa nunca. Maca estaba nerviosa, el día antes había ido a comprar comida y preparado hasta tres veces la bolsa de la ropa. Se sentía como una quinceañera ante un viaje de fin de curso. No quería dejar ningún detalle al azar, incluso le había comprado un par de guantes a Esther, siempre se quejaba de que tenía las manos frías. Eran muy bonitos, de lana roja y con un dibujo nórdico en blanco.
 
Esther había estado soñando despierta casi toda la noche, imaginando cómo sería estar con Maca durante un fin de semana, las dos solas. 
 
Maca entró en el vestuario de enfermeras. Esther se estaba cambiando.
 
– Hola, cómo lo llevas? Estás lista?
– Si, dame cinco minutos.
– Vale… Ayer compré un poco de comida, supongo que no habrá nada en casa. La tengo en la nevera, voy a buscarla.
– Habrá caviar y champán a nuestra llegada?, bromeó Esther.
– Ja ja! Quién es la pija ahora? Ten, te he comprado esto…
– Para mí? Qué es?
– Abrelo, supongo que los vas a necesitar.
– Oh! Son preciosos, me encantan! Gracias!!!
 
Esther le dio un beso en la mejilla a Maca, tenía los ojos brillantes. A Maca le dieron ganas de besarla otra vez, pero se contuvo. No quería que nadie las pillase en el hospital.
 
– Voy a buscar la comida y te espero en el muelle.
– Vale, ahora vengo.
– Esther… gracias por venir.
 
Maca cerró la puerta tras de sí y Esther sonrió de oreja a oreja, cuánto le gustaba esa mujer!
Terminó de prepararse y fue a firmar la salida. 
 
– Ya te vas?, preguntó Teresa.
– Sí, Maca me espera afuera.
– Pues nada, que os lo paséis muy bien. Ya me gustaría irme a la sierra a mí también!
– En otra ocasión, Teresa. “Tres son multitud”.
– Qué quieres decir?
– Nada, cosas mías, sonrió Esther. Nos vemos el lunes. La besó en la mejilla.
– Huy? Y esto por qué?
– Porque estoy encantada de la vida, Teresa.
– Pues hala, a disfrutar! Hasta el lunes!
 
Maca estaba esperándola en la entrada. 
 
– Teresa no te soltaba, eh?
– Es que se preocupa por mí, sonrió Esther.
– Ah, sí? Pues ya somos dos.
 
Pusieron los paquetes en el maletero y subieron al coche.
 
– No corras mucho, eh?
– No seas miedica Esther, que no vamos en moto. Además, seguro que habrá cola en la autopista. Con este tiempo, seguro que todos se van de fin de semana. Te importa si pongo un poco de música?
– Claro que no.
 
Sonaron las notas de un recopilatorio de Presuntos Implicados, el grupo favorito de Maca.
 
– Son Presuntos? Me encantan, dijo Esther.
– A mí también.
 
Se dirigieron hacia la autopista, mientras oían a Sole Giménez cantando “Sed de amor”…

Esther cerró la puerta suavemente. Maca no la había vuelto a besar antes de marcharse, pero su mirada lo decía todo. Sonreía con los ojos, casi emocionada.
 
Volvió a la cama, la habitación iluminada por el sol de la tarde. Vaya facha, pensó, al verse reflejada en el espejo. Aún iba en pijama.
 
No tenía sueño. Se tomó una cucharada de jarabe pero, más que náusea, lo que sentía ahora eran mariposas en el estómago.
 
Intentó recordar el día que conoció a Maca. Todo empezó con mal pie, ese día le habían fallado dos enfermeras, esperaba a una nueva y estaba hasta arriba de trabajo. Metió la pata hasta el fondo cuando confundió a Maca con la nueva enfermera. Pensándolo bien ahora, no daba el tipo, parecía acostumbrada a dar órdenes.
 
Pasada la vergüenza por el patinazo, Esther sintió curiosidad por la recién llegada. Era atractiva, diferente. Y muy guapa. Esther siempre había sentido debilidad por cualquier tipo de belleza.
 
Gracias al curso de cocina que hicieron juntas, empezaron a frecuentarse dentro y fuera del hospital. A Esther la llenaba de orgullo estar a su lado, ver que más de uno se giraba al verla pasar. Sí, era un poco pija, lo cual le hacía pensar más de una vez porqué pasaba tanto tiempo con ella. A veces se hacía la misteriosa y prefería no hablar de sí misma, dejando que Esther llevase toda la conversación. Menos mal que Teresa le iba poniendo al día si se enteraba de algo relacionado con Maca.
 
Esther se preguntaba muchas veces qué le atraía de ella. Su elegancia innata, su seguridad aplastante, ese puntito borde que le hacía tanta gracia… Pero también la delicadeza y el cariño con que se entregaba a sus pequeños pacientes.
 
Maca la había besado! Esther no sentía el suelo bajo los pies. Intentó racionalizar la cosa. Ella, que había salido sólo con chicos, se sentía atraída por una mujer… Quizás era el momento de dar un cambio radical a su vida. Siempre había sido abierta de mente, más de una vez se había dicho a sí misma que aceptaría cualquier tipo de amor, viniera de quien viniera, hombre o mujer. Bueno, el momento había llegado, y Esther se sentía un poco al borde del precipicio, pero también muy feliz.
 
Un nuevo mensaje del móvil la hizo sobresaltarse. Era de Maca. Esther se sonrió y dejó pasar cinco segundos antes de leerlo. “Espero que estés mejor, y que no te haya incomodado lo del beso. Nos vemos mañana?”
 
“Mañana?” Quería verla YA! Pero suponía que Maca no quería forzarla a nada, dando tiempo al tiempo.
 
“Estoy mejor, gracias, pero no gracias al jarabe 😀 Creo que mañana podré venir a trabajar. Un beso”. Esther volvió a sonreir mientras pensaba en Maca. Sí, tenía que volver al trabajo al día siguiente.
 
Maca estaba sola en el gabinete, acabando algunos informes. Leyó el mensaje de Esther, le encantó la broma del jarabe. Miró a través de la ventana, empezaba a oscurecer. Tenía ganas de verla. Cuál sería el siguiente paso a dar? No quería meter la pata con ella, y estaba nerviosa porque, como Azucena, Esther había compartido su vida sólo con hombres. Su antigua novia no tuvo nunca el coraje de dejar a su marido, hiriéndola profundamente. A Maca le gustaban las cosas claras, no era el tipo de persona de aventuras secretas y dobles vidas. Se había enfrentado a su propia familia con la bandera de la honestidad.

Esther llegó temprano al hospital. Teresa ya estaba allí y hablaron del día anterior.
 
– Ya me dijo Maca que ayer se pasó por tu casa.
– Sí, es un encanto. Me trajo un jarabe.
– En serio? Eso no me lo dijo. Parecía un poco ausente.
– Ah, sí?
– Sí. No tenía ganas de hablar. Eso, o es que no se quiere hacer con los pobres!
– Ja ja, qué tonterías dices! Si es muy maja…
– Quién es maja? Maca estaba detrás de Esther, con el casco en la mano. Sonrió divertida ante su cara de asombro.
– Esto… Cristina, la enfermera nueva.
– Ya veo… Te encuentras mejor?
– Sí, gracias. Esther no sabía muy bien qué decir, le molestaba la mirada curiosa de Teresa. Voy a cambiarme.
– Sí, yo también. Buenos días, Teresa.
– Hola, Maca. Un mensajero acaba de traerte un sobre y un juego de llaves. Te mudas de casa?
– No, son de una casita en la sierra, es de mis padres. Me apetecía volver por allí.
– Ya salió la niña pija, bromeó Esther, yéndose al vestuario de enfermeras. Oyó la risa de Maca detrás suyo.
 
A media mañana, Maca encontró a Esther preparándose una manzanilla en la cafetería.
 
– Vaya, ya veo que le das a las drogas duras!
– Ja ja! Sí, necesito un pelotazo para aguantar el día.
– Pues yo necesito un cambio de aires este fin de semana… Esther, te gustaría venir conmigo a la sierra?
– Pues… no sé…
– Es un sitio precioso, tranquilo. Puedo traer el coche el viernes por la tarde e irnos cuando acabemos el turno, qué me dices?
– Déjame que lo piense un rato, vale?
– Bueno… pero me harías muy feliz si vinieras. Es posible que nieve, aquéllo es precioso en invierno. Maca la miró fijamente, sonriendo.
– De acuerdo, vendré contigo. Pero de esquiar nada, que soy muy patosa.
– No te preocupes, me apetece estar al lado de la chimenea, charlar de nuestras cosas…
 
Ambas sonrieron abiertamente, sin dejar de mirarse. Esther sintió que le flaqueaban las piernas, así que fue un alivio que la llamaran a cortinas.